La almeja, ese molusco de concha blanca, ha sido un ingrediente esencial en las cocinas costeras desde la antigüedad.

Su textura suave y su sabor delicado la convierten en el alma de ensaladas frescas, sopas, arroces y platos a la plancha. En la región, la almeja se prepara de formas que reflejan la historia y la tradición: la “almeja a la marinera”, la “almeja con arroz” y la “almeja al ajillo” son solo algunos ejemplos.

La sostenibilidad es clave. Los pescadores locales utilizan métodos de recolección responsable, evitando la sobreexplotación y manteniendo la calidad del mar. Además, la temporada de la almeja se alinea con el ciclo natural, garantizando que la captura no altere los ecosistemas.

Para los amantes de la cocina, la almeja es un lienzo en blanco. Se puede asar con mantequilla y ajo, mezclarla en una salsa de vino blanco o incorporarla en un risotto con un toque de limón y perejil. El resultado siempre es un plato ligero, aromático y lleno de historia.

El turismo gastronómico también se beneficia. Los restaurantes que ofrecen almejas frescas atraen a visitantes que buscan experiencias auténticas. Además, las ferias locales y los mercados de pescado promueven la almeja como símbolo de la identidad regional.

En resumen, la almeja no solo es un manjar, sino un puente entre la naturaleza y la mesa, una tradición que sigue creciendo y que merece ser celebrada en cada plato.

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