Venezuela, tierra de colores y ritmos, ha encontrado en su mesa la mejor forma de contar su historia. La gastronomía venezolana, con platos como la arepa, la hallaca y el pabellón criollo, se ha convertido en un puente que une culturas.

El fenómeno no es solo la popularidad de la arepa en barrios de Nueva York o la explosión de los llanos en la escena de la comida callejera de París. Es la forma en que chefs migrantes, como el maestro José Luis Ríos, mezclan la tradición con la innovación, añadiendo especias africanas y técnicas de la cocina molecular para crear experiencias sensoriales inesperadas.

Además, la presencia de la cocina venezolana en festivales internacionales demuestra que el sabor no conoce fronteras. Desde la presentación de una sopa de mondongo en la Feria de la Gastronomía de Madrid hasta la degustación de un jugo de maracuyá en un evento de la ONU, la comida venezolana se ha convertido en un emblema de resiliencia y creatividad.

La clave está en la fusión: el uso de ingredientes locales como el cacao, la yuca y la maíz con influencias de la cocina india, china o africana, crea platos que hablan de identidad y de apertura. Cada bocado es una historia que invita a romper barreras, a compartir y a celebrar la diversidad.

En definitiva, la gastronomía venezolana no solo alimenta cuerpos, sino también mentes, demostrando que el sabor puede ser un lenguaje universal que trasciende cualquier frontera.

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